Camino de Santiago by Chollos

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Estos días, cómo muchos sabéis, he realizado el camino de Santiago en bicicleta. El camino tiene vida propia, y te lleva a disfrutar enormemente de la compañía de multitud de peregrinos, de la fe que palpita en los corazones de los pequeños pueblos del norte y de una cultura muy rica y particular. Ha sido una experiencia fantástica, aunque muy dura… Por momentos pensé que tendríamos que darnos la vuelta!

Si algún día encontráis fuerzas, y un par de días que ‘arañar’, no lo dudéis: es un estupendo plan familiar!

Os dejo además un pequeño relato con una particular historia; el segundo día, aún en Asturias, subimos tres puertos, uno de ellos de 21 km de extensión… Tras 10 horas en bicicleta y casi 85 km a nuestras espaldas llegué andando al albergue. Era la bicicleta un equipaje más, y de los que pesan. Casi no podía moverme, y en ese estado de letargo escuché a unos peregrinos hablar de una famosa leyenda… Aquella que cuenta que fue la Virgen quien, cuando Santiago andaba desesperado ante nuestra falta de fe y ya se daba la vuelta, se le apareció para llenarle de fe y pedirle que cristianizara esta tierra.

Al poco brotaron las letras.

Parar. Cuanto menos, dejar de dar pedales por un minuto, mientras el gélido viento del norte trata de despertar las pocas fuerzas que te quedan tras la subida, lenta y carente de cualquier épica, de auténticos muros verticales. Tan solo llegar. Coger aire, levantar tu cuerpo sobre la bicicleta y no echar nunca la vista atrás, pues hay momentos en los que el cuerpo querría seguir y es la cabeza, peligrosa compañera, la que te tienta a no dar un paso más… Y otros en los que es el cuerpo quien te pide que vuelvas mientras tu mente ahora vuela, quizás avistando la más alta torre de la catedral, tratando de hacer caso omiso de los vaivenes de una voluntad que, cual veleta suelta, solo lucha por resistir una curva más, soñando siempre con la última desde que avistó la primera.

Y al llegar arriba es entonces, muerto de hambre y aterido de frío, sin otro vestido que el puesto ni otra morada que aquella que la providencia encuentre, incapaz de dar una pedalada y dejándote llevar por un descenso vertiginoso y casi divino, cuando la verdad se hace patente; pues al fin uno entiende que no fue tanto la frialdad de nuestros corazones lo que llevó a nuestro querido Apóstol a darse la vuelta, sino que los altos muros de escabrosa piedra que separan Roncesvalles del fin de la tierra debieron bastar, por si solos, para hacer temblar su fe y hacerle espolear con fuerza su caballo blanco hasta Jerusalén.

Suerte que nuestra Madre, siempre atenta, le hiciera recapacitar e intentarlo otra vez… Quizás bajo amenaza de darle una bicicleta a cambio de tan bello corcel.